Cuenta la leyenda que antes del sillón y del paseo con correa, los perros ya tenían otros amigos: los dinosaurios. Como buenos compañeros, los perros, les mordían las patas, se subían a sus camas y hacían pipí donde no correspondía. Hasta que un día los dinosaurios desaparecieron, sin avisar. Y como no había a quién molestar, nos eligieron a nosotros.